La Pamplonesa inicia el nuevo año con un concierto de Grandes Melodías para el Cine

Fuente: Banda La Pamplonesa

La banda comienza un nuevo curso con doble sesión de conciertos en los que rendirá tributo a los grandes compositores de bandas sonoras de cine más aclamados y con las entradas agotadas en el Teatro Gayarre. Sesiones a las 12 del mediodía y 7 de la tarde.

Dirige los conciertos J. Vicent Egea.

Grandes melodías para el cine

Programa:

NOTAS AL PROGRAMA

“Si puedo meterme debajo de algunas de esas escenas y detrás de los diálogos, puedo hacer musicalmente cosas de verdad” (Max Steiner)

En el s. XIX, mucho antes de que llegara el séptimo arte, ya hubo compositores que otorgaron a la melodía el valor de representar personajes, lugares, situaciones o ambientes. La “idée fixe” de Berlioz en su Sinfonía Fantástica (1830) o los leit-motivs wagnerianos en Sigfrido (1876) o los Maestros Cantores (1868), evocan a sus protagonistas. Richard Strauss describió melódicamente a personajes como D. Juan (1889) o al travieso Till Eulenspiegel (1895). E incluso Bedrich Smetana lo hizo con el río Moldava (1874), en su devenir por sus amadas tierras checas.

Con la llegada del cine mudo, en las primeras décadas del s. XX los músicos tocaban en directo junto a la proyección para ambientar las mágenes en movimiento. El propio Silvanio Cervantes, director de La Pamplonesa desde su fundación en 1919 hasta 1945, realizó esa labor entre marzo de 1915 y noviembre de 1918 como pianista y director del Quinteto del Teatro Gayarre. Él se encargó de poner sonido en directo a las películas de los primeros años de cine en Pamplona. La primera película sonora fue El cantor de jazz (1927) y desde entonces, imagen y música llegaban ya sincronizadas. Apareció un nuevo perfil de compositor para el cine, en el que clásicos como Auric, Shostakovich y muchos más participaron no solo por la novedad; seguramente el aspecto económico fue una buena razón.

En los años 30′ del s. XX Max Steiner fue uno de los pioneros. Creía que la música podía instalarse por debajo de los diálogos, trabajar para realzar y amplificar las emociones, los personajes y el drama en cada escena. Esto era muy novedoso, ya que hasta entonces la música se limitaba a los títulos iniciales y finales, así como alguna intervención puntual. De su mano surgió el célebre tema de Tara en Lo que el viento se llevó (1939). En la escena final, bajo esa melodía, Vivien Leigh proclama: “A Dios pongo por testigo…que jamás volveré a pasar hambre”. En 1960 Ernest Gould puso el dramatismo melódico a Éxodo durante la fuga de refugiados judíos hacia Palestina y en 1962 Maurice Jarre logró una melodía capaz de hacer imaginar a Peter O’Toole sobre las arenas del desierto en Lawrence de Arabia. En 1973 Nino Rota creó la deliciosa e irreverente sintonía de Amarcord que describe la Italia vista por los ojos de Fellini. John Barry ha sido capaz de describir en notas paisajes abrumadores, como la sabana africana con el oscarizado tema de Memorias de África (1985) y las llanuras americanas en Bailando con Lobos (1990). Y el maestro John Williams narró la liberación de presos en los campos de exterminio nazi en La lista de Schindler (1993). Cuando Spielberg le enseñó el primer montaje de la película, Williams necesitó varios minutos para recomponerse de lo que había visto. Con humildad le dijo que iba a necesitar a un mejor compositor para poner música a esas imágenes. Spielberg contestó: “es posible, pero ahora están todos muertos”. Realmente desgarradora.

Entre todos destaca Ennio Morricone (1928-2020), fallecido el pasado 6 de julio y a quien va dedicado el concierto. Estudió trompeta y composición en su Roma natal y se acercó a la música de vanguardia. Su primer contacto con el cine fue en 1961 con El Federal y poco después creo un estilo propio junto al director Sergio Leone. Entre sus más de 400 obras para el cine, destaca Nuovo Cinema Paradiso (1988), en la que es célebre la melodía de la escena final llena de besos de cine que la censura había prohibido y que emociona al protagonista (y a todos). Un momento sublime. Igual que en la escena en la que Jeremy Irons toca con el oboe el tema de La Misión (1986) ante los indios guaraníes. Melodías llenas de emoción y esperanza, que es lo que ahora necesitamos. Quizá inspirado en su música por la heroica Columna Trajana, junto a la que vivía en Roma, a la vez fue discreto hasta su muerte. En su carta de despedida, firmó: “Yo, Ennio Morricone, he muerto”. En su funeral sonó su tema favorito, el de La Misión. Igual por eso su compatriota y director Ricardo Muti utilizó ese término en su discurso de Año Nuevo el pasado 1 de enero, en un auditorio vacío pero ante millones de personas. “Las armas de los músicos son instrumentos cargados con flores. La música es importante, no porque sea un entretenimiento. Más que una profesión, se trata de una MISIÓN”. En ella está La Pamplonesa.

Luis Mª San Martín Urabayen